Hay una libertad muy concreta que solo existe cuando ya no se ve la costa.
Fondeados a una hora de tierra. El agua de ese turquesa que parece retocado y no lo está, el motor apagado, el único ruido el del casco. Cuatro personas a bordo y una regla que alguien soltó en broma al zarpar: lo que pase en el barco se queda en el barco.

Yo llevaba un bikini blanco. Lo compré sabiendo exactamente lo que hace el blanco cuando se moja. Ninguna mujer que se pone blanco para meterse al agua está improvisando.
Me tiré la primera. Siempre me tiro la primera.
Y cuando subí por la escalerilla, chorreando, con el pelo pegado a la espalda y la tela transparentándose donde se transparenta, hubo tres segundos de silencio absoluto en cubierta. Tres segundos en los que nadie dijo nada y todos dijeron algo.
El agua estaba fría. Eso también se notaba. Y no hice nada por taparlo.
Él fue el único que no apartó la vista cuando lo pillé mirando. Los demás hicieron lo educado: mirar y disimular. Él sostuvo. Me recorrió entera, despacio, sin prisa y sin vergüenza, y cuando terminó volvió a mis ojos y levantó un poco la copa.
Me gustó de una manera que me molestó.

Me tumbé en la proa a secarme, boca abajo, y me desaté la parte de arriba para no marcarme. Es lo que hago siempre. Que ese día hubiera cuatro personas mirando fue, digamos, un detalle del que fui plenamente consciente.
Tardó veinte minutos en venir. Se sentó a esa distancia calculada en la que los brazos pueden rozarse si el barco se mueve.
Y el barco siempre se mueve.
La primera vez que el oleaje nos empujó y su brazo tocó mi espalda desnuda, ninguno se apartó. La segunda tampoco. La tercera ya no fue el oleaje: fueron sus dedos, subiendo dos centímetros por mi costado, comprobando si le paraba.
No le paré.
Se quedaron ahí, quietos, calientes contra la piel mojada, mientras hablábamos de música y de sitios como si no estuviera pasando nada. Yo contestaba con normalidad y por dentro no oía ni mis propias palabras.
Una hora así. Una hora entera de una mano inmóvil en mi costado y de mi respiración fingiendo estar tranquila.
Se hizo de noche. Encendieron las luces azules de cubierta, esas que ponen todo del color de una mala idea.

Me levanté para bajar a cambiarme, sujetándome la parte de arriba con una mano, y al incorporarme se me cayó un segundo. Un segundo. Podría haberlo evitado y no lo evité.
El camarote de proa es diminuto: un colchón, un ojo de buey y sitio justo para estar de pie.
Dejé la puerta entornada. Ni cerrada ni abierta. Entornada.
Si alguna vez dudas de si una mujer dejó una puerta así por descuido, te ahorro la duda.
Me quité el bikini de espaldas a esa rendija, despacio, primero arriba y después abajo, escuchando. Escuchando los pasos de cubierta, el momento exacto en que dejaran de sonar.
Dejaron de sonar.
Luego volvieron, bajando la escalerilla, y se pararon justo detrás de mí.
No me giré. Me quedé así, desnuda, de espaldas, dándole la única decisión que quedaba por tomar. Oí la puerta abrirse del todo. Oí su respiración. Sentí el calor de su cuerpo antes de sentir sus manos, y cuando llegaron no fueron suaves.
La regla era que lo que pasa en el barco se queda en el barco.
Aquí la cumplo. Adentro no cumplo ninguna. 💋