Lo que pasó en el ascensor

Lo que pasó en el ascensor

Cuarenta segundos. Eso dura el ascensor de ese hotel entre el piso doce y el vestíbulo. Los conté. Y desde esa noche no entro en uno sin que se me acelere el pulso.

Salía de una sesión. Doce horas de focos y de aguantar posturas hasta que la espalda arde. Llevaba puesto el vestido del último bloque porque no tuve ganas de cambiarme, y debajo nada: en las sesiones la ropa interior marca, así que se quita y ya. Llevaba cuatro horas así, con la tela rozándome directamente, y te mentiría si te dijera que no me gustaba saberlo.

Karla Megan

Él entró en el piso nueve.

Traje oscuro, corbata floja, esa cara de hombre que lleva todo el día portándose bien y está harto. Miró el panel, vio mi botón encendido, y se quedó de pie a mi lado sin pulsar nada.

Ahí supe que no iba al vestíbulo. Iba adonde yo fuera.

El ascensor arrancó y el aire se espesó de golpe. Oí su respiración cambiar de ritmo. Él oyó la mía hacerlo medio segundo después. Ninguno miraba al otro — los dos mirábamos los números bajar — y sin embargo nos estábamos haciendo cosas.

Me recosté en la pared del fondo. No fue inocente. Sé perfectamente qué hace mi cuerpo cuando se apoya así, dónde cae la tela y dónde deja de caer. Lo hice despacio, arqueando un poco la espalda, como si estuviera cansada.

Lo estaba. Pero no de trabajar.

Karla Megan

En el seis dio medio paso. Medio. El cuerpo adelantándose a la decisión. Y se frenó.

Yo no me aparté. Al contrario: separé los pies un par de centímetros, lo justo para cambiar el peso. Un gesto que no significa nada y que lo significa todo.

Él lo vio. Se le movió la mandíbula.

Porque no hacía falta que me tocara, y eso era lo insoportable. Estábamos a un palmo y ese palmo pesaba más que dos manos encima. Sentía el calor de su brazo en el mío sin contacto. Notaba exactamente dónde me estaba mirando aunque yo tuviera la vista al frente — se nota, la piel lo sabe, se me puso de gallina primero en la nuca y después bajando.

Y olía a colonia cara mezclada con eso otro que huele un hombre cuando lleva rato aguantándose.

Piso cuatro.

Giré la cabeza. Solo eso. Lo miré por primera vez en toda la bajada y lo miré como se mira a alguien cuando ya has decidido que sí.

Tragó saliva. Ese movimiento pequeño en la garganta que delata más que cualquier frase.

Piso dos.

Levantó la mano y, en lugar de ponérmela encima, la apoyó en la pared junto a mi cabeza. Me dejó dentro del hueco de su brazo sin llegar a encerrarme, con la salida libre, a propósito. Es lo más provocador que me han hecho estando vestida.

Se inclinó. Su boca me quedó justo debajo de la oreja y se detuvo ahí. No me besó: respiró. Un aliento caliente en ese punto exacto del cuello, sostenido, sin tocarme la piel ni un milímetro.

Se me escapó un sonido que no pensaba hacer. Bajito. Pero en un ascensor de dos metros no hay sonido bajito.

Se me cerraron los ojos y noté cómo se me tensaba todo por dentro, desde el estómago hacia abajo, esa contracción que no se disimula. Apreté los muslos. Él lo notó porque estaba lo bastante cerca para notarlo.

Karla Megan

Ding.

Vestíbulo.

Las puertas se abrieron a un hall lleno de gente con maletas. Se apartó en un movimiento limpio, como si no hubiera pasado nada, y salió el primero. Justo antes de cruzar, giró la cabeza y dijo lo único que dijo en cuarenta segundos:

—Piso doce. Habitación 1204.

Y se fue.

Me quedé sola ahí dentro, con el corazón golpeándome en el cuello, los muslos todavía apretados y las puertas cerrándose otra vez sobre mi reflejo.

Pulsé el doce.

Cuando abrió la puerta no dijo nada. Me metió de un tirón, me giró contra la pared del pasillo de la habitación y por fin, por fin, me puso la boca donde había estado respirando.

Y ahí es donde tengo que parar, porque lo que vino después no cabe en una página que puede abrir cualquiera.

Lo cuento entero, sin cortar ni una línea, donde lo cuento todo. 💋

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