La noche que no pedí permiso

La noche que no pedí permiso

Hay una regla que nunca me enseñaron y que aprendí sola: si esperas permiso, te lo niegan.

Esa noche llevaba cuarenta minutos frente al espejo y no era por maquillarme. Estaba discutiendo conmigo misma.

El vestido negro llevaba sobre la cama desde las seis, y desde las seis yo sabía que era demasiado. Demasiado corto, demasiado ajustado, demasiado yo. De los que no te dejan sentarte de cualquier manera ni agacharte a recoger nada.

Me lo puse igual. Y decidí no ponerme debajo nada que marcara.

Salir a la calle así te cambia el modo de andar. Lo sabes a cada paso.

Karla Megan

El sitio era de esos donde la gente va a que la vean fingiendo que no. Entré sola. Según mi amiga, eso fue lo primero que hice mal. Según yo, lo primero que hice bien.

Porque una mujer sola en un sitio así no es una mujer sola: es una pregunta abierta. Y todos en esa barra querían ser la respuesta.

Pedí algo que no pensaba terminar y esperé a que el local se diera cuenta. Tarda menos de lo que crees. Primero un cuello que gira. Después dos. Después esa vibración rara en el aire cuando varias conversaciones bajan medio tono a la vez.

Karla Megan

Él tardó veinte minutos. Los conté.

Y no me habló de mí. Ese fue su acierto. Los demás llegan y sueltan lo obvio —el vestido, los ojos— y yo ya sé lo del vestido, me lo puse yo. Él comentó algo de la canción que sonaba. Una tontería. Y pensé: este sabe jugar.

Cuarenta minutos hablando de todo menos de lo que estaba pasando. Sin tocarnos. Y aun así, cada vez que se inclinaba para oírme sobre la música, yo sentía su aliento en el cuello y se me contraía algo por dentro.

Eso es lo que casi nadie entiende del deseo: no vive en el contacto. Vive en los tres centímetros de antes. En el momento en que todavía puedes echarte atrás y no quieres.

En algún punto me di cuenta de que había cruzado la pierna hacia él sin decidirlo, de que la falda había subido con el movimiento y de que no me la bajé. El cuerpo firma antes de que la cabeza lea el contrato.

Karla Megan

Cuando volvió de pedir otra ronda no se sentó enfrente: se puso de pie a mi lado, entre mi taburete y el siguiente, tan cerca que tuve que separar las rodillas para que cupiera.

Lo hice sin pensarlo. Y él lo notó. Claro que lo notó.

Dejó el vaso, se inclinó hasta ponerme la boca a la altura de la oreja y no dijo nada durante dos segundos. Dos segundos en los que solo lo oí respirar y se me erizó la piel de los brazos, del cuello y de sitios que no voy a enumerar.

Entonces, sin llegar a tocarme:

—¿Te acompaño afuera?

No preguntó si quería. No pidió permiso. Lo puso sobre la barra como quien deja una llave y espera a ver si la coges.

Yo, que llevaba toda la noche sin pedir permiso, tampoco iba a dárselo.

Cogí el bolso. Y la llave.

En el taxi no esperamos a llegar. Su mano me subió por el muslo en el primer semáforo y descubrió lo que ya te conté que no llevaba puesto. Se le cortó la respiración. Le mordí el labio inferior para no hacer ruido delante del conductor y él me sujetó la nuca con la otra mano, y los cristales se empañaron mucho antes de que el taxi parara.

Lo que pasó cuando paró no cabe aquí.

Adentro sí cabe. Adentro cabe todo. 💋

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