Había sido una semana dura. Tres sesiones fotográficas en cuatro días, vuelos, hoteles, lentes y flashes. Cuando finalmente llegué a casa, lo único que quería era silencio, agua caliente y no pensar en nada.
Llené la bañera hasta el borde. Sales, espuma, una vela encendida. Me metí despacio, como si el agua tuviera que acostumbrarse a mí primero.
Fue entonces cuando sonó el teléfono. Era él.
—¿Molesto?— preguntó.
—Estoy en la bañera— dije, sin filtro y sin disculpa.
Hubo una pausa. Luego, su voz un tono más baja:
—¿Y qué tan grande es esa bañera?
Me reí. Una de esas risas que salen del estómago y te recuerdan que estás viva. Hablamos durante cuarenta minutos. Cuando colgué, el agua ya estaba tibia. Pero yo estaba más caliente que cuando empecé.