El baño que lo cambió todo

El baño que lo cambió todo

Tres sesiones en cuatro días. Aviones, hoteles, focos, y esa sensación de tener el cuerpo prestado a todo el mundo menos a mí.

Llegué pasadas las once. Tiré el bolso, mandé los tacones de una patada al otro lado del cuarto y me quedé de pie en medio de la habitación sin saber qué hacer conmigo.

Abrí la ducha. Todo lo caliente que aguanto, que es más de lo normal.

Karla Megan

Me desvestí delante del espejo, prenda por prenda, sin prisa. Y no fue por vanidad. Llevaba cuatro días siendo mirada por lentes y por clientes que decidían si mi cuerpo servía para su campaña, y caí en que en cuatro días no me había mirado yo ni una vez.

Así que lo hice.

Me planté ahí desnuda y me miré como me miran ellos. Con descaro. Sin meter el estómago, sin buscar el ángulo bueno, sin corregirme nada. Me pasé la mano por el costado, por la cadera, por donde la piel todavía tenía la marca de la ropa.

Y pensé: ah. Con razón.

No lo digo de creída. Lo digo porque ese fue el momento exacto en que mi cuerpo dejó de ser una herramienta de trabajo y volvió a ser mío. Y cuando algo vuelve a ser tuyo, lo primero que quieres es usarlo.

Karla Megan

Me metí bajo el agua.

El vapor se lo comió todo en dos minutos: el espejo, las luces, la calle doce pisos abajo. Apoyé la frente en los azulejos y dejé que el chorro me cayera en la nuca y bajara por la espalda, y por primera vez en semanas no pensaba en nada.

En nada no. En él.

En el fotógrafo que llevaba tres días dirigiéndome con esa voz tranquila de sube la barbilla, así, no te muevas, y que en tres días no había mirado ni una sola vez lo que todos miran. Ni una. Y eso, para una mujer que vive de que la miren, es lo más desconcertante que existe.

Me quedé bajo el agua más tiempo del necesario pensando en esa voz diciéndome no te muevas.

Y entonces vibró el teléfono.

Salí chorreando, sin secarme, dejando un charco en el mármol. Lo cogí con los dedos mojados:

"¿Sigues despierta?"

Karla Megan

Tres palabras. Ninguna insinuación, ningún cumplido de manual. Solo una puerta abierta con mucha educación para que yo decidiera si entraba.

Me quedé mirando la pantalla más de lo que hace falta para escribir un sí.

Y entonces hice algo que no había hecho nunca.

Limpié el espejo con la mano. Solo un trozo. El justo. Y me hice una foto: empapada, sin nada, con el vapor tapando exactamente lo que el vapor quiso tapar y dejando ver todo lo demás.

Me temblaba el pulgar encima del botón. No de miedo.

La mandé.

Nueve segundos tardó. Nueve. Y no contestó con palabras: contestó con un número de habitación.

Estaba dos pisos más abajo.

Me puse el albornoz del hotel sobre la piel mojada, sin nada debajo, y bajé descalza por la escalera de incendios para no cruzarme con nadie en el ascensor.

Cuando abrió la puerta, no me dio tiempo ni a cerrar el cinturón.

Esa foto no la ha visto nadie fuera de mi canal. Lo que pasó en la 1012 tampoco. 💋

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