Domingo de sábanas blancas

Domingo de sábanas blancas

Los domingos tengo una norma: no me visto hasta que me apetece. Y hay domingos en los que no me apetece nunca.

La luz entra en mi cuarto de una manera que solo pasa ese día. Cae en diagonal sobre la cama, se queda ahí una hora larga, y todo lo que toca parece más lento.

Karla Megan

Me desperté boca abajo, atravesada, con la sábana enredada en la cintura y el resto al aire. Sin alarma. Sin nadie esperando nada de mí.

Lo primero fue estirarme. Ese estiramiento largo de gata que arquea la espalda y que, cuando no llevas nada encima, se convierte en otra cosa completamente distinta. El algodón frío contra la piel caliente. La sábana bajando sola dos dedos más.

Me quedé así un rato, la cara contra la almohada, notando cada punto donde la tela me tocaba y cada punto donde no.

Los domingos mi cama huele a mí. A la noche anterior. A crema, a perfume viejo y a algo más.

Cogí el teléfono. Error.

Porque ahí seguía, arriba del todo, el mensaje de las dos de la mañana que había decidido no contestar. Tres palabras. Ya te imaginarás cuáles.

Karla Megan

Lo leí otra vez. Y otra. Y me di cuenta de que había cambiado de postura sin decidirlo: de boca abajo a de lado, con una pierna doblada. El cuerpo va por su cuenta los domingos.

No contesté. Todavía no.

Hice lo otro: abrí la cámara.

Hay una diferencia enorme entre las fotos de trabajo y las de domingo. En las de trabajo hay un equipo, un cliente y alguien diciéndome cómo poner el hombro. En las de domingo estoy yo sola, despeinada, sin nada puesto, decidiendo sin nadie delante hasta dónde quiero llegar.

Y siempre, siempre, llego más lejos sola que trabajando.

Esa mañana hice treinta. Boca abajo. De rodillas. Con la sábana entre las piernas y sin la sábana. Con el sol cruzándome la espalda y bajando hasta donde baja. Alguna en la que me mordía el labio sin darme cuenta y otras en las que ya me lo mordía a propósito.

Las miré una a una, tumbada, con la barbilla en el brazo, y noté perfectamente cómo se me iba acelerando la respiración con mis propias fotos. Es raro. Pero pasó.

Borré veinticinco. Las cinco que quedaron me hicieron algo.

Karla Megan

Volví al mensaje de las dos de la mañana. Escribí una respuesta. La borré. Escribí otra. También.

Al final no mandé texto.

Mandé una de las cinco. La que menos tapaba.

Apareció el "escribiendo…". Desapareció. Volvió. Desapareció otra vez. Estuvo así casi un minuto, y te juro que ese minuto lo disfruté más que cualquier cosa de esa semana: saber que al otro lado había un hombre que no encontraba las palabras por mi culpa.

Cuando contestó no eran palabras. Era una hora y una dirección.

Miré el reloj. Miré la dirección. Estaba a veinte minutos.

Me levanté de la cama sin vestirme todavía, me quedé de pie en esa diagonal de sol y contesté con dos letras.

Las otras cuatro fotos de ese domingo no las ha visto nadie fuera de mi canal. Y lo que pasó a las doce en esa dirección, menos. 💋

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