Son las once y media. El último foco acaba de apagarse.
El equipo recoge. Alguien pregunta si bajo a cenar. Digo que estoy cansada.
Miento.

Llevo nueve horas siendo un cuerpo que obedece. Sube la barbilla. Gira. Otra vez. Tres pasos a la izquierda y no te muevas. Nueve horas de ser mirada por veinte personas que no me ven.
Y cuando se van, me quedo sola en el set. Con la ropa de la última toma todavía puesta.
Eso es lo que nadie sabe.
Que cierro la puerta. Que apago todo menos una luz. Que me subo a la mesa donde hace diez minutos había un cliente revisando encuadres.
El set huele a laca, a café frío y al perfume que llevo puesto desde las nueve de la mañana.
Y que ahí, en el sitio donde trabajo, hago las fotos que no me pidió nadie.
Esas son mías.
Me llamo Karla. Tengo veintitrés años y una vida que desde fuera parece una cosa y por dentro es otra completamente distinta.
Por fuera: campañas, aviones, hoteles buenos, un contrato firmado cada mes.
Por dentro: un hambre que no se me quita.

Me gusta el momento exacto en que un hombre se da cuenta de que lo estoy mirando.
Ese. Justo ese.
Se le mueve algo en la cara. Baja la vista medio segundo. Vuelve. Y ya está perdido, y los dos lo sabemos, y todavía no hemos dicho ni una palabra.
Me gusta entrar sola a sitios donde la gente llega acompañada.
Me gusta el vestido que me obliga a caminar de otra manera.
Me gusta no llevar nada debajo y ser la única que lo sabe. Durante un rato.
Me gusta el calor que sube cuando alguien se acerca demasiado y decide no tocarme.
Y me gusta —esto no lo digo casi nunca— lo que se me pone en el cuerpo cuando alguien me mira sabiendo perfectamente lo que quiere hacerme.
Me tiembla algo por dentro. Aprieto los muslos. Sigo hablando como si nada.
Nadie lo nota. Bueno. Casi nadie.

He hecho cosas.
Me he desnudado en un camarote con la puerta abierta a propósito, escuchando pasos en la escalerilla.
He bajado descalza por una escalera de incendios a las dos de la mañana con un albornoz y nada debajo.
He mandado una foto que no debía y he contado los segundos hasta que apareció el "escribiendo…".
He besado a alguien en un taxi con el conductor mirando por el retrovisor.
Y he vuelto a casa de madrugada con los labios hinchados y una sonrisa que no se me iba.
No me arrepiento de ninguna.
Me arrepiento de las noches en que me porté bien.

Aquí voy a contarte esas noches.
Tal como pasaron. Con la hora, con lo que llevaba puesto, con lo que pensaba mientras pasaba y con lo que sentí después.
Empieza por el ascensor. Ese fue en un hotel de doce plantas, un martes, y todavía me acuerdo de cómo respiraba él.
Después ya me dirás si quieres saber el resto.
Porque hay otra parte. La que no cabe aquí.
Esa te la cuento en privado. 💋